LA BOCA DEL LOBO

 

Se supone que era solo una fantasía más, un pequeño cuento de hadas para asustar a los niños, yo fui parte de los niños a quienes quisieron aterrar, y aunque funcionó, valiente me quise mostrar.

—Recuerda, Mateo—empezó mi mamá al terminar la fábula, con ese tono frío que te hacía sentir congelar el alma—, al bosque no has de entrar, o aquel hombre te encontrará. Si te atreves a molestar en su patio, créeme, jamás podrás escapar.

Esa frase daba por terminado el cuento que tanto me gustaba aunque me causara terror, era lo que lo volvía especial, algo que jamás podría olvidar. Pero eso era una advertencia más para mí, pues a lado del bosque me tocó vivir, si el patio de la naturaleza llego a tocar, él por seguro me atrapara.

A sabiendas de todo lo que me podría pasar, un día me aventuré a explorar, adentrándome en las profundidades del bosque que había aterrado mi mente por muchos años. Estaba yendo por voluntad propia a la boca del lobo sin siquiera pensarlo, porque lo sabía, lo sabía muy bien.

El bosque era más tranquilo de lo que aquel cuento lo contaba, animales corriendo, volando y estando sobre las ramas de varios árboles, pero la cantidad de ellos era cada vez más densa, haciéndome perder el rumbo, pronto dejando de vez el camino de regreso a casa y perdiendo de vista algo que pareciera una salida.

La oscuridad se acercaba a gran velocidad, posiblemente se debiera a la gran cantidad de hojas que estaban cubriendo mi vista y estorbando entre mis ojos y el cielo: pero seguro estaba, que tarde era ya.

No pude evitar llorar, me encontraba solo en el bosque, no sabía qué tan lejos de mi casa estaba y si en algún momento lograría regresar. Como el niño que era, solo pude sentarme con la espalda contra un árbol, abrazando mis rodillas y esperando que mi madre me fuera a buscar.

Sentí que alguien tocaba mi hombro, voltee esperanzado de que fuera ella, pero solo un hombre pude ver frente a mí. Mis ojos se abrieron de más, estaba seguro de que yo no llegue a molestar, entonces ¿por qué él me habría de encontrar?

—Pequeño niño—dijo el hombre, con una voz rasposa y tan oscura como el cuento lo decía—. ¿No te contaron que no deberías de estar aquí?

Lloré más, sabía lo que seguía para mí, no respondí, no sabía qué decir, y él supo que yo lo conocía.

Sabía lo que seguía, de un momento a otro el hombre me estaba arrastrando por el piso de tierra, hojas y palos, rasgando mi piel y lastimándome. Mi brazo no soportaba su fuerza y sentía dolor por la manera en que estaba tirando de este.

“Una cabaña en medio de la nada verás, el hombre siempre un hacha ha de dejar en un tronco partido a la mitad. La tomará de una manera que parezca que tiene odio por todo y cualquier cosa, y tu sufrimiento comenzará”

De la misma manera que el cuento lo recitaba, todo lo vi pasar frente a mis ojos, y tal cual mi madre decía, en ningún momento su cara podrás ver, pues se oculta muy bien y no hay manera de un centímetro de piel ver.

Un arma con mucho filo y mucho peso para alguien como yo, pero perfecta para alguien como él. Los cuentos me decían la tortura que habría de recibir y lo próxima que mi ida de este mundo estaba.

A veces los cuentos también pueden ser una realidad.

A veces no son solo una historia para asustar.

Es una forma de protección para los niños cuidar.

Y yo no entendí eso hasta que me fui.

Comentarios

Entradas populares